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SERENIDAD Y TERNURA
18 noviembre 2017 (25 meses)



La conciencia plena de ser padres puede servirnos para que evaluemos y dispongamos debidamente nuestras responsabilidades entorno a nuestros hijos, para que adquiramos confianza en nosotros mismos y para que hallemos caminos hacia nuestro propio crecimiento personal. 

Vernos a nosotros mismos y a nuestros hijos bajo una nueva luz, mucho más comprensiva que la heredada, es mirarnos con perspectiva para ser
 compasivos con lo que hacemos. Debemos ser conscientes de que nuestros hijos suscitan en nosotros emociones muy amplias y profundas. Y también deberíamos tener presente que la serenidad es un gran aporte para la seguridad psicoemocional propia y la de nuestros hijos.


Todas las personas, desde que somos niños hasta la muerte, tenemos una misma necesidad psicológica: sentirnos valiosos y dignos de que nos quieran. Existe una enorme diferencia entre ser amado y sentirse amado. 
Lo que cuenta es la cantidad de mensajes de amor real, ese que sirve como alimento, así como su intensidad. Algo así como un interés tierno (me encanta el concepto de ternura) por el mero hecho de que alguien existe. Esto se da cuando sentimos a nuestros hijos como seres especiales y queridos aun cuando tal vez no aprobemos todo lo que hacen. Hay que sentir la unicidad de cada hijo o hija y quererla. 


Desde que nacemos, antes de aprender el significado de las palabras, todos reunimos activamente miles y miles de impresiones acerca de nosotros mismos que nos llegan del lenguaje corporal de quienes nos rodean. Tanto las palabras como las actitudes poseen un peso tremendo y son, desde el mismo instante de nuestra concepción, fuerzas poderosas que van construyendo la sensación del propio valor. Para sentirse plenamente bien por dentro, nuestros hijos necesitan experiencias vitales que les prueben que ellos son valiosos y dignos de ser queridos. No basta con decírselo, lo que cuenta es su experiencia del amor porque ésta les habla con más fuerza que las palabras. 


Como padres deberíamos cultivar la satisfacción de las necesidades físicas y emocionales de nuestros hijos, ofrecerles un permanente contacto y sentir un deleite junto a su persona, porque todo niño se valora a si mismo tal y como se sienta valorado. Debemos tener en cuenta que toda persona que pase con nuestros hijos periodos prolongados influye sobre su plano emocional (otros familiares, personas responsables, profesores...). En varias fuentes he leído que alrededor de los seis años los niños (en general) dejan de depender totalmente de su familia y la manera en que sus semejantes, ajenos a su hogar, reaccionan ante ellos se hace cada vez más importante. Las actitudes de los demás hacia la capacidad del niño son más importantes para él que la posesión de cualquier rasgo particular. El hecho de cualquier incapacidad le resulta mucho menos vital que las reacciones que dicha incapacidad suscita en quienes le rodean. 
Es en este punto en el que siento que debemos hacer una profunda reflexión sobre los espacios educativos en los que nuestros hijos pueden pasar gran parte de su día a día. El sentimiento de pertenencia a un grupo escolar, el respeto de los semejantes y la necesidad de prestarse ayuda entre niños muy pequeños es algo que debe trabajarse en cada grupo principalmente mediante el ejemplo de la persona adulta responsable.




Maternidad y paternidad significa nutrición: dar a los niños aquellas <<comidas psicológicas>> que les sirvan para desarrollar el autorespeto. Y este trabajo se realiza mejor cuando uno mismo satisface sus propias necesidades con el propio esfuerzo, porque cuanto más satisfecho se siente uno como persona menos utiliza a sus hijos como cubierta protectora durante toda la vida, no sólo cuando son pequeños. El desarrollo de nuestra potencialidad como seres humanos es una tarea que habremos de encarar siempre, porque nadie provee un clima constante de seguridad a todos sus hijos y en todo momento, porque el padre o la madre perfectos no existe. El niño feliz; su clave psicológica. Dorothy Corkille Briggs.

La clave de la salud mental radica en la calidad de las relaciones que existan entre el niño y aquellos que desempeñan papeles importantes en su vida, principalmente su padre y su madre. Un clima de amor, de respeto hacía su persona y de correspondencia cálida constituirá los cimientos de su salud psicoemocional